El de la gente simple

Apuntes en el centeno

De Holden Caulfield

 

Foto: Jacques Henri Lartigue

 

Te acuestas, duermes como bebé, sueñas con alguien y acto seguido, despiertas de golpe.

 

El sueño se va, das vueltas en la cama mientras te preguntas: ¿por qué habré soñado eso? No puedes ir con Morfeo nuevamente y en lugar de eso decides ponerte a escribir.

 

Hay teorías que dicen que cuando sueñas con alguien es porque quiere decirte algo; realmente no lo creo. Más bien creo que cuando sueñas con alguien es porque tú quieres decir algo, porque sientes la necesidad de concluir, revelar o simplemente desahogar. En fin, los sueños son eso y nada más.

 

Muchas veces he soñado con personas, generalmente con personas ausentes a las que echo de menos, otras veces, personas a las que realmente no querría volver a ver en mi vida. De esas de las que no quisieras ni pronunciar el nombre, personas cuyo nombre ya no recuerdas con claridad.

 

E***** no es una de esas personas, ella es de los nombres que no he olvidado, pero por alguna razón tampoco pronuncio. No lo hago por razones ególatras o falsas, es tan simple como que me quedé sin palabras, no tengo nada que decir, cuando la recuerdo más bien esbozo una sonrisa.

 

Y es que ella no es una persona fácil de describir con palabras, no, no es la musa idílica que muchos describen en sus relatos para quedar bien. Más bien es una mujer simple, una mujer tan simple que resulta muy complicada. Y es que generalmente las cosas más sencillas son las más difíciles de comprender, siempre nos ha gustado soñar y ver más allá de lo evidente, cuando realmente lo más sencillo es lo que más trabajo nos cuesta entender.

 

Mi «relación» con ella fue una cosa fortuita. Coincidimos en el mismo «trabajo», y a pesar de no ser las personas más sociables (ni ella ni yo), nuestros tiempos empataban, yo de entrada y ella de salida, nos saludábamos amablemente y al parecer compartíamos una extraña fascinación por el otro.

 

Cuando la veía me parecía distinta; demasiado guapa como para no ser una hueca como muchas en ese sitio. Demasiado tranquila, estaba seguro que algo ocultaba, que tenía un lado oscuro.

 

Podría relatar los detalles de cómo fue que pasamos de saludarnos cordialmente a despertar juntos cordialmente. Pero prefiero no hacerlo. No es que sea irrelevante, es que fue, como muchas cosas, algo rápido y sin pensarlo.

 

En lo que sí pensé muchas veces fue en la «relación» que llevaba con ella, realmente me gustaba, podría decirse que fue (en varios aspectos) la relación más seria y formal que he tenido.

 

Foto: Jacques Henri Lartigue

 

Siempre he creído que la formalidad no está en las etiquetas, la formalidad está en las cosas que haces, en lo que ocurre «mientras tanto». En cómo pasas de un saludo Godínez, a estar medio enfermo en piyama tomando té un domingo a las 10 de la noche en su casa, acostado en su cama mientras ella se da una ducha. Esa clase de cosas son más formales que tomarte de la mano en la calle, al menos eso he pensado desde hace un tiempo.

 

Con ella las formalidades jamás fueron necesarias, con ella se trataba de estar bien en nuestro mundo. En efecto, afuera había cosas para ambos, vivíamos de distintos modos, pensábamos de distintas maneras y nos dedicábamos a distintas cosas. A pesar de eso, siempre hubo una sinergia muy especial en lo que hacíamos; nos teníamos confianza, respeto, compartíamos cosas y procurábamos estar para el otro.

 

No tener la certeza de que algo durará o no, siempre ha sido uno de los motivos por los cuales mucha gente no hace cosas, yo particularmente era uno de ellos. Jamás me ha gustado hacer cosas nuevas por no saber cuánto durarán. Después de ella, todo cambió.

 

En gran parte lo que hacíamos era eso, no tener la certeza de nada, más de que nos gustaba estar juntos y que gracias a eso cambiaron muchos patrones de nuestra conducta. No sé si para bien, pero cambiaron.

 

Yo por ejemplo jamás pude dormir con una mujer. Quedarme con ella después del sexo era como decirle: «¡Sí, aquí estoy, me quedaré por siempre, soy tuyo!». Y obviamente nadie quiere un mal entendido de ese tipo. Con ella resultó natural, y aunque no quería decir que «era de ella», tampoco me importaba que lo pensara. Podía pasar horas hablando con ella por las noches o por las mañanas. Tomar café y aun así jamás tener ganas de irme. Me sentía cómodo, y eso es algo que no se logra de manera fácil.

 

E***** hasta donde sé, es (o era) una persona muy reservada y celosa de su espacio, sus amigas no conocían su casa, no le gusta que la gente se meta en sus asuntos y por eso no los cuenta. Hace muchas cosas y pocos saben qué es lo que trama en ese momento, no bebe agua en el mismo vaso que nadie, tiene miedo a morir electrocutada en la ducha y no puede empezar el día sin fumar un cigarro y tomar un café.

 

«Así es ella», me solía repetir. Realmente jamás me molestaron sus actitudes. Los malos entendidos que llegamos a tener (si acaso hubo alguno) fueron eso, y realmente jamás me hizo nada como para enojarme. Era suficiente con «molestarme con su dedito» para que yo cayera redondito y volteara a besarla. La verdad es que con ella fui una de las mejores versiones que conozco de mí.

 

Foto: Jacques Henri Lartigue

 

Muchas veces se despidió de mí, me dijo que ya no era posible mantener esa «relación», que tal vez me quería y que eso hace las cosas más complicadas.

 

Siempre procuré que se sintiera cómoda, y supongo que tenía que ver con cuánto o con la manera en que la quería. Me gustaba que estuviera a mi lado, me gustaba la parte «salvaje» de salir de noche, aunque también amaba la parte de darle un beso por la mañana mientras ella dormía. No puse reglas ni intenté imponer mis puntos de vista, como dije, ella era simple y probablemente pudo vencerme en una discusión muy fácilmente.

 

Cada que se despedía, yo me repetía: «Así es ella». Y jamás me sorprendió que lo hiciera, tampoco me ofendió. Al contrario, me daba una nostalgia legítima. Acto seguido, charlábamos durante un largo tiempo acerca de cuánto nos extrañaríamos, si éramos importantes el uno para el otro, si era lo mejor, si haríamos muchas cosas juntos todavía, si no nos separaríamos del todo. En fin, prolongábamos una despedida que no queríamos que llegara.

 

Cuando por fin decidió irse, fue de un golpe, sin pensarlo, sin explicar nada, sin largas despedidas, sin oportunidad a la reconciliación. Tal pareciera que estaba cansada, aburrida o simplemente que ya no le importaba. Realmente no lo sé, tampoco lo pregunté. Esa vez no hubo «así es ella» que valiera o que antepusiera para justificarla. Si era lo que quería, lo tendría. Y no, no lo digo en un tono castigador ni mucho menos. Pero es que no se me ocurre una peor cosa que pretender obligar a una persona a que se quede cerca de ti contra su voluntad. La constante en esta relación era que siempre fuimos libres y yo no iba a pretender cambiar eso.

 

Mis días con E***** fueron buenos días, le aprendí muchas cosas y creo que ella a mí también. Fui honesto y ella conmigo, sabía que terminaría y ella también. Lo bueno de la gente simple es que entienden las cosas de una manera distinta a los demás, mientras todos buscan drama, los simples buscan practicidad. Mientras los complicados añoran que les digan que los quieren, los simples lo saben. Los simples saben lo que dan, saben lo que pierden, saben lo que quieren y saben cómo lo quieren.

 

Foto: Gary Winogrand

 

La gente simple como ella, siempre deja un vacío cuando se va. Pero también dejan muchas enseñanzas. Ellos te muestran el mundo por el tiempo que tengan que hacerlo, te hacen reír cuando parece que nada puede sorprenderte, te preparan malteadas cuando te lo prometen y están para ti cuando los necesitas.

 

Al final, la gente simple «suele ser así». Cuando sueñas con ellos, te da por escribir.

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