Caminamos

Eduardo Zavala

(México, 1984, Escritor) 

@babvieca

 

Foto: Willy Ronis

 

Caminamos, con varillas y ramas, caminamos. Caminamos desde antes de que salga el sol y a veces seguimos caminando cuando ya se ha ido. Comemos lo que podemos, cuando podemos. No hay descanso, no lo puede haber. Todavía, al llegar a casa, parados ante las fachadas de adobe, madera o lámina, observamos el horizonte con la esperanza de ver la aparición de una sombra. Antes de atravesar las puertas que no hemos de cerrar, por si algún día se les ocurre regresar; con las uñas clavadas al marco, echamos un último vistazo porfiado, ingenuo, anhelante.

 

En la alta noche, dentro de nuestras camas y envueltos por cobijas, el reposo tampoco llega. Algunos minutos, quizá, de inexorables pesadillas que nos atosigan; congojas mudas y sin rostro que sin embargo bien reconocemos.

 

Marchamos, caminamos sin reposo bajo la lluvia, y picamos, y picamos el suelo reblandecido. Las botas se anegan, los pasos se vuelven más pesados, pero las varillas penetran más profundo. Brota lodo como sangre negra, pútrida, de cuerpos con los que hemos construido nuestras casas. No habíamos querido darnos cuenta de los cimientos macabros por los que transitamos todos los días, hasta que fue inevitable y a uno de cada tres nos toca salir a buscarlos; podrán, los otros dos restantes, continuar viendo a través del filtro aterciopelado de una crueldad, más que realidad, que aún no los alcanza.

 

Hace unos días vinieron a casa unas personas para levantar el censo poblacional. «¿Cuántos viven en su casa?», preguntaron. «¿Un desaparecido cuenta?», quise a mi vez peguntar. Está pero no está. No puedo llorar su muerte; y no puedo, tampoco, confiar que todavía ande por ahí, sabrá Dios dónde. ¿Seguro de vida? Si lo tuviera no sería capaz de cobrarlo, porque no hay cadáver. En tiempos de tragedias unos lloran y otros venden pañuelos, y los venden caros. Hay, últimamente, demasiada demanda.

 

Me pongo a pensar, a sentir, ¿dónde podrán estar? Una persona no se difumina así nomás, de un día para otro, sin dejar el más mínimo rastro. Historias aisladas dan un panorama aún más confuso. Es como un rompecabezas de un cielo cargado de nubes, y cuando crees haber encontrado una pista, surgen más dudas que respuestas. Quizá sólo los contornos planos de una versión oficial se dibujan en los márgenes. Pero lo sustancial, la imagen completa que narre una historia, sigue desbalagada, perdida; y es preciso salir a caminar para ir encontrando rastros, fragmentos de este lúgubre nubarrón que flota y deja caer su triste lluvia sobre nosotros, presentes y ausentes por igual. Y así andamos, rebuscando trozos, indicios, huellas, que a su vez engendran más dudas, una desconfianza absoluta, la incredulidad, porque todo esto no puede estar pasando.

 

Incluso, nuestros desaparecidos más visibles, aquellos por los que se pasa lista a diario y se exige por el mundo su presentación con vida, siguen siendo un misterio. Los demás, tantos que ni se sabe cuántos, yacen por doquier, deshechos, sin rostro, sin manos; enterrados quién sabe dónde. Por eso marchamos. A diario, con picos varillas, ramas y machetes, caminamos sin tregua peinando los campos de flores de azahar, recorriendo terrenos baldíos, unidades habitacionales; con la ilusión de que con la punta de una varilla clavada en la tierra, demos, por fin, al menos con sus restos.

 

Encontrarlos no trae calma, ni siquiera resignación. Los frutos de las horas en marcha no son sino huesos que nos dicen imposibles de identificar, porque no hay recursos, porque no hay interés, las ganas de decirnos quiénes.

 

¿Sosiego, paz? No puede haber, nunca más. No para nosotros, que seguimos acá, irremediablemente acá, donde las calles cada vez lucen más solitarias porque nos faltan muchos.

 

 

Seguidor del trabajo del movimiento «Estridentista». Eduardo Zavala regentea el bazar de chucherías, cachivaches, arte y diseño La Buhonería (Schubert 228, colonia Peralvillo). En sus textos se respira ciudad.