Sin-ismo

Ratarrey

Rober díaz (México, 1982, Escritor)

@betistofeles

 

Concluyo, no puedo parar porque tengo una Ratarrey en el pecho. Concluyo, la Ratarrey tiene poco espacio y sus uñas son largas; despierta cuando pasan las cuatro de la tarde y a veces son días enteros en los que se la pasa rasgando, royendo y multiplicando un pequeño chillido por cada una de sus lenguas

 

 

Sólo sé que no me puedo detener. Mi madre me ha pedido ya que pare. Me ha advertido que si no lo hago a tiempo la vida se encargará de hacerlo. Me puso el ejemplo de José Luis Rodríguez «El Puma» un viejo cantante que hizo fortuna en los setentas. Murió rico en Miami, con el hígado podrido. Antes de morir dijo que le quería legar a la juventud una declaración: que él había empeñado su vida en los excesos y nunca buscó la paz y ahora que sabía tendría que irse, no sentía paz y eso quería decir que algo había hecho mal en su vida. Todo ese mundo de fiestas, drogas y excesos no lo había llevado a ninguna parte. Sino a un miedo insoluble. Cuando mi mamá me decía esto, yo pensaba en el concepto de parar, qué significaría para ella que yo pare, qué significaba para mí hacerlo.

 

También imaginaba los próximos días como hoy, que serán domingo en donde anulado, completamente varado, cavilo en una larga letanía de anatemas contra las secuencias evidentes que se desarrollan frente a mí. Ahí esta la luz y sus consecuencias: las sombras oscilantes que en días claros son absorbidas por el descaro de la limpidez. Pero esta ciudad no es límpida, es una maraña de pequeños accidentes contenidos que han llenado ya un agujero que esta atiborrado, o mejor dicho, está por reventar.

 

Veo a la gente instalada en su papel dentro la vida: algunos son padres, otros sólo jóvenes buscando identidad, unos enamorados, otros atormentados, los restantes: turistas que me cruzan, que inadvierten mi presencia como yo hago prejuicios sobre la suya. Salgo de mi centro de observador para convertirme en un catalizador de emociones dispares, asonantes, viejas composiciones de cacharros armados a partir de trozos hallados en la basura. Nada hay que sirva ahí, pero eso soy yo. Sin enojos y sin dramatizaciones. Eso soy yo, sencillamente, alguien que todavía cree en que pararse al siguiente día vale la pena; por otro lado, nunca he creído en nada y en nadie por mucho tiempo y eso tampoco es un descubrimiento, más bien es sólo la consecuencia de haber buscado afuera y no adentro. Eso es lo que dicen los místicos, eso resuena en mi cabeza una tarde de domingo.

 

Concluyo, no puedo parar porque tengo una Ratarrey en el pecho. Concluyo, la Ratarrey tiene poco espacio y sus uñas son largas; despierta cuando pasan las cuatro de la tarde y a veces son días enteros en los que se la pasa rasgando, royendo y multiplicando un pequeño chillido por cada una de sus lenguas.

 

Constato, siempre he creído que cuando estoy dando un paseo por el futuro que me depara, encuentro una fiesta ruidosa que no me puedo perder, donde todos hablan y en las que me gusta estar para no poder oír a alguien particularmente. Huyo en el alcohol y en las efedrinas que tomo cada tres días. Cuando prendo un porro, veo que pasa por mi cabeza: parar, pero también me digo, si habita un poco de poesía en mi cuerpo, seguro ésta querrá arder antes de acostumbrarse a irse suministrando la vida con un gotero. De planificar constantemente una estrategia para evitar la intemperie.

 

La poesía no tiene casa. El poeta, a veces, tiene algunos caminos dentro de las casas vecinas. Los poetas son unos potentes morbosos que espían desde las ventanas. Se valen de la vida de los otros para salvar su propia intemperie, acaso por ridículo que se escuche, arroparse escribiendo sobre los otros cuando lo que quieren es escribir sobre sí mismos.

 

Nada me queda claro. Quién puede parar si es la muerte quien vendrá finalmente a ponerle un tope a quienes hayan o no parado. En qué momento alguien que ha querido imprimir cierta fuerza a su vida, venerando más al instante que merodear sobre especulaciones falsas acerca de un futuro donde podamos prever lo que el azar hará con nuestros planes: reírse.

 

Escribo esto para contener al domingo y para afirmarme que el detenerse para mí no es una opción. En relación a mi Ratarrey sólo podré decir que gracias a esas uñas es que percibo que vivo desde las entrañas, sus garras me recuerdan otro centro que no es el cerebro y nace en el estómago. Todos tienen sus propias ratas disfrazadas, pero yo no puedo especular sobre su nivel de rabia. Una vez más, tenemos el derecho irrestricto a callarnos y a resolver con nuestro interior todo lo que haya que saldar, con plazos cortos porque no hay mañana.

 

Ratarrey

 

Es cierto, aún no me arrepiento realmente de nada, o de alguna cosa a lo mejor; recuerdo que hace un par de meses mi padrino me contó una historia: trataba sobre un recluso de la cárcel en la que él había estado, le decían el loco y era uno de los presos de mayor peligrosidad. Una madrugada entraron a su celda y por venganza le echaron una cubeta de agua hirviendo en la cara. Las cicatrices le valieron un cambio de apodo: le pusieron el cocodrilo. Cuando mi padrino me hablaba sobre ese cocodrilo, que aparte tras el suceso se volvió aún más sanguinario, caí en cuenta que estando en Oporto, hace algunos años, un brasileño con una gabardina larga y sobrero negro había declamado impresionantemente poemas de Costa-Caldas. Me daba la espalda y, pronto por su declamación, nos había llevado a la alabanza general; terminando de darnos su interpretación hasta lograr las lágrimas de su público, pude ver su rostro: estaba deforme. No es que sus ojos fueran asimétricos, sino que su cara estaba descuadrada. Otro cocodrilo. Las lágrimas que también estaban en su rostro me hizo pensar en que era alguien vulnerable y me desconcertó esa idea sobre su deformidad que me llenaba de repulsión.

 

Cuando salimos de aquel lugar lo pudimos ver a lo lejos y decidimos no seguirlo. Me arrepiento de no haberle preguntado por qué lo conmovían tanto esos poemas y qué sentido tenía declamar para sufrir, o si aquellas lágrimas habían sido parte de una gran actuación. El miedo a su rostro me hizo convencer a la persona con la que iba de alejarnos.

 

Su fealdad me alejaba injustamente de él. Mi padrino sin quererlo me había traído nuevamente a mi cocodrilo, pero de quien él me había hablado, había nacido de la brutalidad, desde un interior deformado, en cambio el otro, por acaso, sólo era el resultado de una vida en la que el desprecio es más injusto que la propia muerte.

 

Solo un cocodrilo podía sobrevivir en mis recuerdos y decidí hacer algo con ellos dos. Los junté en un pequeño relato: una canoa, en la que a media noche en un lapso del Río de los Remedios que atraviesa mi barrio, Ticomán, voy remando. Hay luna y yo los llevo a ambos a esa maleza de basura y agua putrefacta. No hablan, pero el cocodrilo asesino en menos de diez minutos tiene sometido a mi poeta. Saca una cuerda, también llevamos una grabadora, escuchamos a Black Mountain, dejo que las cosas pasen. Veo cómo lo estrangula y le pido que pare, tal vez como nunca, aquel asesino repara en mí y me contesta: habías hablado de no parar, de que tú no lo podrías hacer: pues bien, no poder parar es una orden de mi naturaleza, no puedo ser de otra manera.

 

Yo apagué la grabadora y me bajé de la barca. Y, por cierto, ya era domingo.

 
 

Escritor hiperrealista que vive a salto de mata entre Oaxaca y la Ciudad de México. Rober Díaz odia la pizza pero ama la pornografía. Colabora en distintos medios y es adicto a los barbitúricos.