Pedalear entre pagodas y campos de arroz

Crónicas cercanas a los veteranos del Vietcong

Omar Soto (México, 1985, Escritor)

 

Me dijeron que estaba «far away», que lo mejor era que dejara mi bici en la estación y me rentara una motoneta por $5 dls all day with water included. Un pinche ofertón, pues. Pero yo quería ir en mi bicicleta, además la diferencia en el costo para mí significaba la comida del día, y como a mí eso de «está muy lejos» no se me da entenderlo muy bien, pues que me jalo.

 

Me orillé sobre la calle afuera del hostal donde me alojo y miré por el Google maps. La ruta marcaba 10 km desde Tam Coc donde me encontraba, hasta el distrito de Hoa Lu. Marqué la ruta, le ajusté el cincho a mis huaraches y me puse a pedalear.

 

Sobre la carretera, creyéndome ya el mismísimo Miguel Indurain, le pegaba a la marcha como si hubiera entrenado para ello desde seis meses atrás, lo cual, obvio, nada que ver. Con un sol ardiente y una humedad que me bañó en mis propios jugos en segundos, me orillé a la sombra más próxima para dar un largo respiro e hidratarme.

 

Debajo de unos árboles me quedé un buen rato recobrando el aliento y la determinación de continuar en la bici y no claudicar en el intento.

 

Por un momento pensé en regresar por la motoneta y mi botella de agua gratis. Vi la ruta y yo ya estaba frito con apenas 2.5 km avanzados. Aquello era so huge como decían a cada rato mis amigos ingleses de Sapa mirando todo aquel esplendor de lo salvaje.

 

Estaba solo con mi bici en medio de un paisaje enormísimo de montañas afiladas enrarecidas por tanta y tanta vegetación siempre verde. A orillas del caudaloso río Ngo Dong que atraviesa varias provincias desde Namh Dinh hasta la desembocadura en el golfo de China. Con todos aquellos árboles atestados de unas aves tornasoladas que hacen un graznido increíble y que es ensordecedor en parvadas durante las mañanas, y sobre todo en la tarde.

 

Todo aquello para mí solito durante mucho tiempo; por ahí no pasaba ni un alma: una minivan con turistas de vez en cuando. Unos chicos en motoneta de vez en vez. Sólo.

 

Agarré la bici de nuevo y me puse a darle por otro rato.

 

Con los audífonos puestos, escuchando a mi siempre amado Silvio, me quedé pensando en lo maravilloso de todo aquello mientras sonaba la «tonada del albedrío». Me metí por unas veredas entre los campos de arroz y lo que encontraba era siempre maravilloso: pagodas escondidas entre la vegetación y construidas contra las formaciones rocosas; lagunas llenas de lirios y nenúfares, y unas plantas que crecen bajo el agua que parecen escobillas peludas y que además le dan un tono rojizo al agua. Etcétera cantidad de cosas y paisajes escondidos y desconocidos para todos esos turistas que van de un lugar a otro en sus minivans con asientos reclinables y la comodidad del aire acondicionado, perdiéndose de los rincones, de las veredas, de todo lo que hay a la orilla de los caminos.

 

A poco más de la mitad de mi trayecto el hambre se empezó a poner perrucha. Sería cerca del mediodía y yo tenía en la panza no más que un vietnamise black coffee (del cual me he vuelto seriamente adicto) y una madre de lactobacilos vietnamitas que se parece al Yakult. Apresuré la pedaleadas esperando llegar pronto y sentarme a desayunar como la gente decente. Sobre la orilla de la carretera me topé con un abuelo de los alrededores que andaba también en bici y me acerqué a tratar de preguntarle si había algún sitio cercano dónde pudiera comerme algo. Por supuesto que no me entendió nada de lo que le decía y a puras señas nos hicimos entender. Me tocaba la panza y le decía: food, food.

 

Foto: Omar Soto

 

Sonriente, me hizo la señal de que lo siguiera y me fui detrás de él hasta que llegamos a un lugar donde vendían comida y que más tarde supe que era su casa.

 

Me atasqué de un arroz frito muy sabroso que hacen por acá que lleva pollo (espero) y gérmen de soya, y que se llama Dong Minh. Su mujer me sirvió un vaso de un té amarillento que también beben aquí todo el día y que tiene un sabor bastante amargo.

 

El abuelo se me acercaba de a ratos siempre sonriente y con los pulgares arriba me preguntaba si todo very good, y yo le decía juntando las palmas de las manos que sí, que todo very well, jajaja.

 

El abuelo vestía con una casaca y un casco verde como de militar. Después les contaré de esto que además es muuuy común aquí en Vietnam.

 

Foto: Omar Soto

 

Señalé con el dedo su casco y le dije:
 
-Vietcong? You Vietcong?!
 

De inmediato su sonrisa se hizo aún más grande y se fue para su casa. Salió al poco rato con un par de fotografías bastante viejas pero muy bien conservadas. Las desenvolvió de dentro de una bolsa de plástico y me las mostró. Aquello que estaba viendo me pareció de lo más increíble y enternecedor. Estaba frente a alguien que era historia viva, contante y sonante, de la guerra. En las fotos estaba él junto a otra docena de guerrilleros posando para la cámara. Me señalaba con su dedo quién de todos era él y yo con señas y gestos lo señalaba y le decía: is you, Ñam, is you? Él asentía y sonreía. Le preguntaba de nuevo: you vietcong, Ñam, vietcong? Y decía con la cabeza que sí. ¡Increíble!

 

Su nombre es Ñam, y se pronuncia inflando los cachetes como si tuviera uno un buche de agua al final.

 

Terminé de comer y me acompañó de nuevo a la carretera. Ya no seguí mi camino a Hoa Lu. Creo que aquello por un día había sido más que suficiente.

 

De regreso me iba preguntando todo lo que hubiera podido decirme aquel abuelo si hubiéramos podido entendernos, y aunque creo saber un poco de la guerra de Vietnam, hubiera sido fabuloso saberlo de primera mano.

 
A la orilla de la carretera el abuelo Ñam me dio la mano y dijo:
 
-Tam Biet Omaññ!
 
Volteé y le dije:
 
-Gracias, Ñam. Te veo a la vuelta.

 

Foto: Omar Soto

 

 

Su madre lo nombró así porque en los años 80’s había una telenovela donde el galán del momento se llamaba Omar. Desde entonces le gustan las telenovelas de melodrama, las series americanas y los sándwiches de atún con mayonesa. Omar Soto escribe ocasionalmente, sobre todo cuando ya no tiene nada que ver en Netflix, un día le gustaría poder escribir poemas locos para niños que riman.