Crónicas chilangas en Chinatown

El noble arte de regatear

Omar Soto (México, 1985, Escritor)

 

Después de algunos días de andar viajando por el sudeste de Asia y haber sido estafado prácticamente en cualquier lugar donde me senté a comer, en cualquier comercio al que me acerqué a comprar, en cualquier transporte al que me subí, llegué a Malasia con la clara intención de no ser más el tonto chilango bailando al son de los orientales.

 

Y es que llegar cada vez a un lugar diferente te cambia las reglas de juego. Al menos en lo que a comprar y ser «turista» se refiere. Así que una noche en mi hostal en Kuala Lumpur me propuse hacerme de un plan que me protegiera de cuanto chingadazo se lleva uno en el extranjero con los comerciantes.

 

El secreto de hacer compras en el sudeste asiático radica en cuatro cosas principales.

 

1era.- Una de las más importantes, sin duda, es tener más que claro el tipo de cambio que se hace de la moneda local al dólar y del dólar a la moneda en curso, sea como ésta se llame, y antes de hacer compras pensar en lo que se está pagando en dólares. Así, si algo cuesta 50 RM (ringgit) en Malasia, es más difícil caer en la trampa mental de que no son $50MX sino $13dls, lo que significa que en realidad son $260MX. Así igual debe ser con el Dong, el Riel, el Bath, etcétera.

 

Foto: Omar Soto

 

2do.- (Y ésta me la aprendí en Vietnam) Alguna vez todos hemos escuchado la frase: «a la tierra a la que fueres, haz como vieres», ¿no?

Bueno, y por qué llegar a Malasia y preguntar:
 
«how much?», en lugar de preguntar en malayo «berapa banyak harga?»
 
Lo primero que piensa el local del extranjero es:
 
-Este wey a güevo trae la biyulla… ¿a poco no?
 
Y aunque estemos más fritos que la chingada le ven a uno con cara de querer hacerle el amor allí mismo.

Pero siempre hay una solución inteligente, por ejemplo, cerrar el chingado Face un rato y meterse a curiosear por el Google translate nomás pa’ saber cómo coños se dice «cuánto cuesta esto, cuánto aquello», en el idioma local.

 

Así sin querer, descubrí en Vietnam que si se llegaba seguro de mí preguntando el precio en el idioma local como si aquello de andar mezclándose con los de a pata, cual cosa de everyday, se la pelará a uno cual platanito dominico, ¡te cobran lo justo!

 
¡Pero aguas! Aquí la trampa.
 
Si se pregunta en el idioma local, lo obvio es que te contesten en la misma lengua.
 

Y aquí es donde no se puede titubear con la batea de babas de preguntar «how much do you said». No, no, no, porque vaya que entonces te la dejan ir hasta las anginas.

 
Si se pregunta en malayo, se paga en malayo y se dice gracias en malayo. Cosa de fe.
 
No hay falla. Se paga muy seguro de sí con un billete intermedio y te regresan lo que es, en serio.
 

3ero.- Señores: aquí se regatea. Se regatea hasta el papel de baño (que no existe). Así es como funcionan las cosas de este lado del mundo. Nada de que no regateo porque es feo no pagar lo justo. ¡Nooo! Aquí siempre se paga lo justo. Es de ley regatear. Es más, creo que hasta ha de estar escrito en el Corán en algo así como «La Sura del buen regateador de precios». Y si no es así, debería ser el décimo primer mandamiento inscrito en las tablillas de Moisés.

 

-Y el Señor dijo: «regatearás todo lo que puedas en el sudeste de Asia. ¡Y el que así no lo hiciere, que el fierro entonces sintiére!» Una obra maestra.

 

Estos pirulitos si de algo saben es de vender y el extranjero, cara de sonso (como yo), de lo que menos sabe es de regatear. Ya se imaginarán el resultado de esta fórmula atroz.

 

¡Así es como he perdido mucho dinero! ¡Merezco la horca! Yo, un chilanguito #pasadodevergas, bailado cual fichera de congal como al más tierno de los tiernos all the world.

 

Foto: Omar Soto

 

4to.- Cuando éramos niños nos dijeron que había dos palabras que nunca debíamos olvidar: «por favor» y «gracias».

 
Cuando vengan al sudeste de Asia hay dos palabras que nunca deberán olvidar: «is too much» & «more cheap».
 

Dicen que al buen entendedor pocas palabras, y si a eso le agregamos el «is my last offer» con cara de «me ofendió tu precio», ya la armamos.

 

Ayer, por ejemplo, me metí al barrio chino a comprar unos cuantos souvenirs y cositas varias. Vi entre los puestos una playera negra hiperchingona con unas torres petronas hechas de un material que se recarga con la luz y brilla en la oscuridad.

 

El caso es que pregunto de a cómo la T-Shirt y me va diciendo el rechingado chino que a 80 RM (entiéndase que el tipo de cambio peso-ringgit es de $5 por cada ringgit).

 

-Estás pero si bien orate pinche «Jacki Chan» -pensé para mis adentros mientras miraba la playera.

 

-Is too much! More cheap!

 

-No, no. Is the price, is the price! -dijo-

 

-¡No seas rata cabrón! Está bien pinche cara. –se me salió decirle en español–

 

-Ok, ok, maybe later. Thank you -le dije de nuevo en inglés y me di la media vuelta-

 

En cuanto estaba por arrancarme al otro puesto, me tomó del brazo y me dijo 70RM. Fue ahí donde empezó el estira y afloja.

 

Terminé llevándome la playera por 25RM después de que me fuera, haciendo el teatro de que estaba indignado con el precio, al puesto de enfrente. Fue por mí y me dijo 30RM.

 
Y yo:
 

-Ni tú ni yo, 25RM -y que le brillo los 25 RM en su cara-

 

Pagué lo justo, créanme. Algo así como 6dls ó 120 pesos mexicanos. Al fin, después de 45 días por el sudeste de Asia, ganaba mi primera contienda chilango vs chinos-japoneses en Chinatown.

 

 

Su madre lo nombró así porque en los años 80’s había una telenovela donde el galán del momento se llamaba Omar. Desde entonces le gustan las telenovelas de melodrama, las series americanas y los sándwiches de atún con mayonesa. Omar Soto escribe ocasionalmente, sobre todo cuando ya no tiene nada que ver en Netflix, un día le gustaría poder escribir poemas locos para niños que riman.