Llegar a los 30

Aldo Rosales Velázquez

(México, 1986, Escritor)
@AldoRosalesV
 

Foto: Vivian Maier

 

Alguna vez escuché que, al llegar a los 30, uno deja de escuchar música nueva y se dedica a rumiar las canciones que ha juntado en esos 29 años de audición. Como las hormigas juntan para el invierno, así nosotros juntamos para el páramo de llegar a la edad en la que nuestros padres ya nos habían procreado, tenían casa o al menos lo suficiente para rentar, y en la que se despierta despedazado después de apenas dos cervezas y tres cigarros. La crudísima realidad.

 

Con la edad viene la resignación, de pronto quedarse calvo ya no es el fin del mundo, que la barriga se desborde por el cinturón ya no es tan triste y que nos descubran una o dos canciones de Dana Paola en la lista de reproducción ya no es motivo de alarma (¿lo dije o lo pensé?). Atrás, bien atrás, quedaron mis años de hacer head banging, sacudiendo el casquete corto tipo militar de la secundaria y sentir que el mundo me quedaba chico cuando escuchaba Slipknot y Korn, o creer que me podía agarrar a cachetadas con el mismísimo diablo cuando en el CD-Walkman casi sin pilas sonaba Cypress Hill.

 

La juventud es una caseta de cobro que cada día se hace más chiquita en el retrovisor, y a veces lo único que queda para calentar e iluminar los días que sobran es la fogata de la nostalgia. Dan ganas de volver a los días que ya no son, y conforme pasa la vida, ni modo, uno se da cuenta que la condición no da para tanto, que uno cada vez llega menos lejos en el viaje a lo que fue y regresa más cansado al presente. Lo he dicho muchas veces y lo sostengo: la vista está sobrevalorada: el sentido que con más facilidad nos lleva al pasado es el oído. Uno va colocando las canciones, como baldosas, en el callejón que conduce a ese tiempo que quisiéramos revivir. «Sunrise», de Simply red; «Tu boca», de Cabas; «Cerca de ti», de Thalía; «Eat you alive», de Limp Bizkit; y, finalmente, «Mixed up world», de Sophie Ellis Bextor y «Love Profussion», de Madonna; aunque parezca que no, como si no hubiera pasado tanto tiempo, de nuevo tengo 18 años y vivo en ese departamento de la Industria Vallejo. Cada canción es una llave para abrir cierto recuerdo.

 

No es sorpresa que tengan tanto éxito las cosas retro hoy en día: los reencuentros son la eterna novedad avejentada y las empresas abusan de que nos sentimos tristes de ya no ser los chiquitines del país. Lo juro, con tal de sentir que no ha pasado el tiempo, hasta el reencuentro de Ivone e Ivette se me antoja; cualquier cosa que nos amarre tantito al pasado es bienvenida. Se siente en la cara el azote de escuchar en Universal Estéreo las canciones con las que creciste; que después de 1979, de The Smashing Pumpkins, venga la sabiduría de Mariano Osorio, es poquito menos que la muerte. Ni viejos ni jóvenes, estamos tirados a la fregada, impasse de arrugas y agruras.

 

Salió el Mini NES y los que crecimos con el NES normal nos queríamos volver locos (y ricos, para comprarlo). Mario Bros 3 cumplió 25 años y dices «¿en serio? Pero si yo lo jugué de niño». Sí, ya pasaron los años. La frase «en mis tiempos» halló su hogar en la punta de la lengua; los ojos siempre al frente y la mirada en el pasado.

 

Se supone que llegar a los 30 es alcanzar la cima de la montaña, donde supuestamente uno ya debe ser un triunfador y saber exactamente qué va a hacer con los días que quedan. Pero lo único en lo que se puede pensar es en lo dura que se ve la bajada, y en si las canciones reunidas a lo largo de estos 29 años van a alcanzar para llegar hasta abajo sin pensar en todo lo que ya quedó atrás.

 
 

Actualmente coordina el taller de Creación literaria en el Faro Indios Verdes. Aldo Rosales Velázquez además de tener en su haber un par de libro publicados, es un ferviente seguidor de la lucha libre y de la publicación TvNotas, en la que encuentra un remanso de diversión y paz.