Carretera

Crónica con canciones de Maricela Guerrero

(Ciudad de México, 1977, Poeta) 

@papelcontante
 

Gremlin Azul

 

No sé por dónde comenzar con esta historia de canciones. Lo que sí sé es que eso de escuchar música se me da sobre todo en los viajes. Es un asunto que aprendí de mi padre, para quien era imprescindible cerciorarse del estado del estéreo del auto y llevar la mayor cantidad de cassettes posible en cada viaje; aunque la verdad siempre terminábamos escuchando uno sólo, sobre todo después de que la última tecnología en auto-stéreos incluía el autorreverse.


 
Hubo un tiempo en que el orgullo de mi padre fue estrenar un auto. En ese tiempo escuchábamos Oye Salomé, perdónala, eso dicen; yo recuerdo que me parecía fundamental que esa entidad, Salomé, perdonase a aquella mujer, que algo no muy bueno habría hecho. Ora verán porqué. Mi padre estrenó su único auto salidito de agencia antes del año nuevo de 1980: una gremlin, azul, automática. Ese detalle es importante: si no, no hubiera sido posible que yo con dos o tres años echara a andar el coche hacía adelante; otro detalle valioso: si la hubiera echado en reversa hubiera podido haber atropellado a alguien, afortunadamente el auto se echó a andar conmigo al volante hacia adelante y sólo estrellé el coche recién sacado de la agencia contra las escaleras que conducían a la casa. El coche se averió, se le floreó toda la delantera como al caballo blanco, a mí no me pasó nada, sólo unas ganas muy vehementes de repetir cada que podía: «Oye, Salomé, perdónala».
 

 
Luego en otro rambler, una rambler guayín que tenía un decorado de madera y que era bien cómoda, nos fuimos de viaje rumbo a Playa Azul antes de que esa maravilla de la costa michoacana fuera tomada completamente por el horror de las historias del narco y la milicia. Playa Azul era entonces un paraíso, al que mis papás nos llevaron en el 84, más o menos. Íbamos con mi abuelo Moisés, en esas vacaciones el cassette que escuchábamos era de Estelita Nuñez cantando trova yucateca, de ese viaje recuerdo  una canción que me gustaba mucho que decía:

 

«por eso para mi vida y también para mi mal,

vuélvete novia querida, como un granito de sal»

 

 
Claro que íbamos cantando y nos callábamos cuando pasábamos un retén, porque desde entonces había retenes, muchos cuicos, que nunca preguntaban más que ¿a dónde?, y ¿de qué es su viaje?, me imagino. Retenes sobre todo en la sierra que tenía muchas curvas y subidas y bajadas zigzagueantes que hacían que mi abuela y mi prima le pidieran a mi padre que se detuviera para que pudieran vomitar quezque porque tenían débil el estómago. En fin, yo me las imaginaba a punto de desmayarse a cada ratito, en plena sierra y sin sales, como en las telenovelas, para resucitarlas.
 
Una vez, ya en la secundaria con esa prima y otra de estómago menos débil, nos fuimos a Oaxtepec. La secundaria 38 gloriosa singular había hecho un concurso de reciclaje, porque ya en el 90 todo mundo andaba repreocupado porque el mundo se va a acabar, el mundo se va a acabar [Mono blanco]
 

 
Y que nos ponen a juntar periódico, para que no se acabara tan rápido, pues, el mundo; y entonces treinta y seis escuinclas de tercero de secundaria, arrasando con los excélsiores, las jornadas, los folletos de la comer, las atalayas y todos los avisos oportunos del universal, con tal de ganar un viaje directito a las paradisiacas albercas de Oaxtepec; treinta y seis escuinclas de la última escuela secundaria pública sólo para señoritas [sic] de finales de los noventas que se hizo mixta unos años más tarde, en un autobús bailando a todo lo que daba Technotronics, balanceándonos felices, rebonitas y simpáticas: Pump up the jam…
 

 
Y luego con una de esas primas un día, no la que a cada rato requería sales, sino la otra, la que su papá nos enseñó a bailar, y a dejar clarito y sin herir susceptibilidades cuando en un baile ya no queríamos bailar más con alguno. Pues con ella, que nos vamos a San Rafael que era la entrada a un bosque rumbo a Tlalmanalco donde podíamos acampar después de subir por un acueducto. Esa vez íbamos con novios y amigos a ver dizque una lluvia de estrellas, que a resumidas cuentas ni vimos porque estuvo nublado. Lo que sí vimos al otro día fue la cascada; bien tempranito que subimos, justo cuando los rayos del sol hacían que destellara como si en sus aguas fluyeran piedras preciosas. En fin, ahí estábamos en la cascada cantando y bailando a todo lo que dábamos, «Una aventura es más bonita»; y sí que lo era, porque entonces podíamos mentir a nuestros padres e irnos al bosque y acampar para cantar y cantar, y bailar sin miedo con toda la belleza de comernos el mundo en viajes que parecían interminables, brillantes y hermosos. Eso fue por el 94, quizás.
 

 
Luego por ahí del 96, en tren rumbo al Cervantino con los compas del CCH y otros del taller O´Gorman de la facultad de Arquitectura terminamos cantando una rola harto generosa para expresar lo que he venido diciendo desde el inicio de este recuento de canciones. Carretera con Cecilia Toussaint.
 

 
La otra vez se las puse a mis hijos en el auto rumbo a la escuela y me dijeron, mmm tú sí que rockeabas de chava. En fin, eso de llevar y traer a mis chamacos en auto se ha convertido un espacio muy especial para escuchar rolas que nos divierten y nos hacen soñar como la otra vez que en el programa de la noche, creo que Base Varsovia, pusieron esta maravilla de la que nos volvimos «fanses»:
 

 
 

Hubieron de pasar muchos viajes para que estas canciones fueran seleccionadas por Maricela Guerrero, quien escribe poesía. Ha publicado De lo perdido, lo hallado (2015); .Peceras (2013); Se llaman nebulosas (2010); entre otros libros. Tiene una risa franca. En sus “redes sociales” celebra escribiendo: iuiuiuiuiuiu.